El encuentro entre varones como experiencia transformadora de la masculinidad tradicional

Que un grupo de hombres se junte para hablar de la propia masculinidad y las consecuencias que tiene esta sobre la vida, los vínculos como padres, maridos, parejas, amigos, hijos no nos es tarea fácil. Intentar poder reflexionar sin otro objetivo que la reflexión misma, es doblemente difícil.  Reflexionar no es solo hablar, es mucho más que eso. Es poder integrar en nosotros y con los otros, toda nuestra persona. Es un estar presente en la emoción, en el pensamiento y en la conducta. Un estar que transforma, un decir que abre sentidos más que instala certezas, definiciones. Podría decir, un encuentro de sentidos que nos sumerge en la complejidad de lo diverso y nos permite emerger con nuevos mundos posibles.

 

Creo que muchas veces como hombres hablamos solo para ser escuchados, casi en un sentido lineal, donde nuestra voz debe ser escuchada, por portar un poder que creemos que nos autoriza por el mero hecho de ser hombres. Otras veces hablamos sin escuchar, intentando desesperadamente, dar una solución y así sentirnos seguros en una función seudo protectora. Muchas otras veces, la acción es nuestra forma de hablar, de decir, de compartir, o de instalar el conflicto. Así nos perdemos de la posibilidad simbólica que nos brinda el lenguaje y la expresión emocional a través de él.

 

No digo que esto sea algo que nos decimos conscientemente, pero sí que lo ponemos en juego en nuestra experiencia. A lo largo de generaciones y generaciones, hemos instituido en los diferentes ámbitos de la cultura, prácticas tanto privadas como públicas, que nos brindaron la posibilidad de mantener ciertos privilegios frente a otros colectivos que no representaban los ideales de la masculinidad hegemónica. Sin duda que hablar como si todos y absolutamente todos los hombres cumpliesen con esto sería una simplificación absurda. La diversidad y especificidad de cada persona como sujeto “hombre” nos aleja de estas simplificaciones. A su vez el considerarnos como parte de un colectivo social “hombres” nos da la posibilidad de responsabilizarnos y cuestionar ciertos modelos/prácticas que nos afectan y afectan al resto de la sociedad. Este es el primer paso. Aquí estamos.

 

De catorce hombres que nos íbamos a juntar a conversar finalmente nos encontramos siete. Un número nada despreciable teniendo en cuenta las dificultades antes nombradas. Sin duda, que si hubiésemos decidido inscribirnos en un campeonato de fútbol, seguramente que once juntábamos o catorce con los suplentes. Pero, aunque en una reunión de hombres el fútbol es tema cantado, hablar solo de fútbol es olvidar algunas otras dimensiones que nos construyen como hombres.

 

Decidimos plantear el tema de nuestros padres. ¿Cuál era la experiencia de cada uno con su padre? ¿A quién veíamos en ese ser que tanto representaba en nuestras vidas? ¿Qué buscábamos en él? ¿Qué nos había podio transmitir? ¿Qué nos frustraba de ellos? ¿Cómo se habían relacionado con nosotros? ¿Cómo había sido su presencia, tanto dentro de la familia como con cada uno como hijo? ¿En qué nos sentíamos identificados? ¿Qué rechazábamos? ¿Ante qué reaccionábamos? ¿Cómo y cuándo habíamos podido llegar a conectarnos con ellos y a comprenderlos como personas, como hombres?

 

Me queda la sensación de que el encuentro con cada uno de nuestros padres, fue y es un trabajo emocional complejo, prolongado y con etapas muy variadas.  Aun después de su muerte. Varios de nosotros vivimos dicha posibilidad de encuentro, ya en nuestra adultez y en momentos en que nuestros padres atravesaban situaciones de vulnerabilidad por enfermedad. Otro, quien perdió a su papá a los 7 años, sigue teniendo la profunda sensación de su falta. Ese lugar que nadie podrá ocupar, más allá de que el vínculo con la pareja de su madre fue y es de una profunda cercanía y confianza. Pero no es su “padre”.

 

Pienso que como hombres tal vez portamos ciertas corazas que nos mantienen con una sensación de fortaleza ante nosotros mismos y ante los demás, pero que al mismo tiempo nos van alejando de un encuentro con el mundo de nuestros hij@s.  Tal vez pensamos que estamos conectados sin estarlo. Me pregunto: ¿Qué nos lleva a levantar estas corazas? ¿Levantamos corazas o existe ciertas creencias sobre lo que significa ser hombre que nos dificulta el contacto con nuestros hij@s? ¿Existirán otras creencias que nos habiliten a conectarnos de otra manera con ell@s, sin tener que esperar a la adultez de hij@s para zanjear las profundas distancias que vivimos con nuestros propios padres?

 

Relatamos varias experiencias donde la acción de nuestros padres era la forma prioritaria de encuentro. El compartir la pesca, el fútbol etc. En estos relatos cada uno percibía la importancia, esa necesidad de conexión, esa emotividad puesta en la acción más que en la palabra.

 

Otro tocó ese extraño dilema con un padre del cual toda la vida intentó diferenciarse, ser lo opuesto. Tanto en sus conductas como en sus valores. A la vez este ponerse en la vereda opuesta pareciera ser que no le resolvió el conflicto interno con su padre. Claro, si al fin y al cabo, todos los que conversábamos, en nuestro compartir, buscábamos encontrar sentido a nuestra profunda necesidad de tener padres que nos quisiesen y cuidasen amorosamente. Este es un tema central en la puesta en juego de una masculinidad innovadora: “el cuidado responsable del otro pero desde una vertiente amorosa, donde el límite, más que ser un “deber ser autoritario” instalando “la voz del padre o el nombre del padre”,  se convierta en un acompañar mostrando que somos varones con historias complejas de conexión, pero que nuestro mundo emocional, en toda su extensión y desarrollo, pueda convertirse en el andamio para la vida nuestros hij@s y otros significativos en nuestras vidas.

 

 

 

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